sábado, 1 de septiembre de 2007

NOCHE DE AGOSTO

Empezaba a caer la noche, así que encendí la luz de la cocina y eché un vistazo a Manolo, cómodamente repantigado en el sofá, antes de cerrar la puerta. Luego, me puse a fregar los platos de la cena moviéndome al ritmo de la salsa que sonaba en la radio. Era la única forma de acallar la ansiedad que me provocaba la voz ondulante y machacona del locutor que retransmitía el partido.

No sé porqué, levanté la vista de la espuma que rodeaba el desagüe y miré por la ventana. Entonces cuando vi su delgada figura, de pie en el círculo de luz de la farola, espiando mi contoneo. Por unos segundos, quedé prendida sin remedio en sus ojos soñadores pero, justo cuando él levantó su mano con el dedo índice extendido y me atrajo silenciosamente, recordé de pronto que debajo del delantal no llevaba más que el sujetador y las bragas y me retiré de un salto, sofocando un grito.

Recostada contra la encimera, intenté controlar los latidos de mi corazón. Bajé un poco el volumen de la radio para escuchar mejor y pude darme cuenta de que Manolo no se había enterado de nada al oír, mezclados con los del locutor, sus lamentos por una ocasión de gol perdida.

Con precaución, asomé la cabeza por la ventana: El ya no estaba. Antes de seguir fregando los platos, me puse una bata de estar por casa que tenía colgada detrás de la puerta de la cocina. Por si acaso. Pero no volví a verle. A pesar de que estuve todo el rato observando el paseo, buscándole con ojos inquietos.

Tarde o temprano, todo llega y también llegó el momento de sacar la basura. Me quedé mirando la bolsa cerrada con aprensión, pero al final decidí que era absurdo temer algo. Solo tenía que salir al patio. En la urbanización el camión no pasaba más que dos días a la semana y mientras tanto los containers tenían que estar encerrados. Cosas de la normativa pública.

De todas formas, antes de salir me aseguré de que no hubiera nadie por los alrededores, pero aún así no me sorprendí cuando oí su voz pastosa. Creo que, en el fondo, me hubiera sentido decepcionada si no lo hubiera encontrado allí.

-¡Hola! - susurró desde los matorrales del otro lado de la verja, apenas a un metro de mí.

Me volví hacia él y le sostuve la mirada-: ¡Hola! -respondí, desafiante, en un tono más bajo del que me hubiera creído capaz- ¿Qué quieres?

-¡Solo mirarte…! – contestó, avanzando hasta apoyarse con descuido en los mismos barrotes que nos separaban- ¡Me gusta tu boca ancha y jugosa! ¡Y tus pechos son como cántaros de leche...!

Como en mis días de colegiala, trate de disimular con una risita tonta el fuego que se despertaba en mi cuerpo al paso de su mirada.

- ¡Gracias! – contesté, fingiendo desenvoltura. Luego añadí con infantil perversión - ¡Tú tampoco estás nada mal…!

Él no entró al trapo de mi estúpido coqueteo y siguió mirándome fijamente con aquellos ojos como brasas-: ¡Enséñame las tetas! –suplicó bruscamente...

Yo no esperaba tanta pasión. Sobresaltada, empecé a recular hacía la escalera que subía al apartamento-: ¿Pero que dices? – contesté azarada, pero sin que la sonrisa se borrara de mi boca.

- ¡Vamos! ¡Hazlo! –dijo él, con aquella voz grave que me volvía loca- ¡Quítate el sujetador!

-¡Estás zumbao…! –respondí y dando media vuelta eché a correr hasta llegar a las escaleras. Pero, al llegar al rellano me volví, arrepentida. Él aún estaba apoyado en la verja, mirándome fijamente. Sus ojos me decían que era mala. No podía dejarle así…

Lentamente, baje los tirantes de la bata y dejé deslizar la fina tela hasta mi cintura, mientras él, de un salto, trepaba por los travesaños de la verja para ver mejor. Sin quitar mis ojos de los suyos, solté los corchetes de la espalda y adelanté los brazos, inclinándome al mismo tiempo sobre la baranda hasta que el sujetador se deslizó hasta mis manos.

- ¡Ummmm! ¡Quítate más! –ordenó él. La sangre me latía en las sienes con un ritmo trepidante, pero de pronto me di cuenta de que sus pies buscaban apoyo para saltar la verja y el pánico se apoderó de mí.

- ¡Ni hablar! –exclamé aterrada y entré de un salto en casa, cerrando rápidamente la puerta con el cerrojo.

Con la ropa abrazada contra mi pecho jadeante, me recosté contra las baldosas frías de la cocina. De la sala seguía saliendo la voz machacona del locutor y en la radio sonaba una preciosa canción de amor…


6 comentarios:

"el niño de la estación" dijo...

Intrigante y picante historia. Ese vuelve como esta mandao, vamos que vuelve.
Supongo que al final la basura la sacaría el Manolo.

¿Habrá segunda parte?

kasi_siempre dijo...

Ya te digo... claro que vuelve. No sé, pero el tipo ese, más que morbo, a mi me da un poco de miedo. Le encuentro pelín directo, no se andaba con preámbulos, desde luego, ja, ja, ja...
Buen tono, consigues mantenernos atrapados y en vilo.
Besote, Frida.

Fran dijo...

Damas y caballeros, ¡¡Frida ha vuelto!!
Me ha gustado muchísimo tu historia, y espero que vuelvas a la carga muy pronto (sea o no una secuela de "Noche de agosto").
Un besazo.

Anónimo dijo...

Hola, Frida:
me ha encantado. No podía dejar de leer. Muy bueno, sí señor.
Besotes,
anabel

kasi_siempre dijo...

Muchas gracias por tu comment -por tu fidelidad-. Actualiza ¿no? Ya te valeee...
Besillo. :b

Jesus Dominguez dijo...

Joder. Me ha puesto cachondo. O sea, que me ha llegado. Es genial, muy bueno. Gran colofón con el mito viviente y su Romance de Curro El Palmo. Me encanta haberte descubierto.