sábado, 5 de mayo de 2007

FLORES

La sorpresa que se llevaría cualquier mujer al recibir un ramito de violetas de origen desconocido. En la canción de Cecilia el que se las enviaba era el marido, incapaz de expresar su romanticismo.

Pero ella no lo sabía. Y sin decir nada, vive así de día en día con la ilusión de ser querida ¿por quién? Quizá por esa imagen de poeta que ella, con restos de ilusiones y palabras fugaces, ha tejido poco a poco en su corazón.

Dicen que a todos los poetas les deja la novia. Pero ellos tampoco hacen nada por reconquistarla. Quizá porque lo propio del amor caballeresco es llevar siempre los colores de la dama sin aspirar a estar nunca en su lecho. O quizás por miedo a que la cruda realidad entre en su mundo de rimas.

Por eso ella prefiere no preguntar. Es más feliz creyendo que hay alguien que tras la batalla piensa en ella o que recuerda las fechas señaladas. O simplemente, que en plena borrachera se deja llevar por la nostalgia y compara sus dientes con perlas y sus labios con rubíes, faltando descaradamente a la verdad.

Aunque el poeta lo haga a su pesar.

1 comentario:

kasi_siempre dijo...

La verdad es que sí... cuando el mundo de las ideas se apea del caballo y se vuelve real y tangible, a veces pierde mucho. O no pierde, vete a saber. Tal vez paradojicamente lo que ocurre es que es más fácil retener lo etéreo e inalcanzable -por raro que parezca, pues a fin de cuentas es lo único que realmente nos pertenece-, que aquello que está más al alcance de nuestra mano y que, por estar dotado de presencia y movimiento, tiene la opción de quedarse a nuestro lado o de irse.
Besito filosófico. :b