jueves, 6 de diciembre de 2007

RELATOS NAVIDEÑOS


De todas las fiestas cristianas, la navidad es la que más da de sí, literariamente hablando. Que me lo digan a mí, que acabo de leerme casi 200 relatos navideños de un tirón. Suficientes para cubrir el amplio espectro de temas englobados en una simple palabra.

Aunque en teoría conmemoramos el nacimiento de Jesús, eje de la cultura cristiana, la celebración está tan teñida por los antiguos rituales paganos en honor del solsticio de invierno (precedente sincrético de la navidad), que la ceremonia puramente religiosa, la Misa del Gallo, es la tradición menos mencionada en ellos. De hecho, de todos los elementos bíblicos el que más aparece, por encima incluso del Portal de Belén, es el de los Reyes Magos. Y casi siempre en relación con su faceta de portadores de regalos, más que en la de adoradores del Niño.

Muchas veces, los Reyes Magos aparecen enfrentados con Papá Noel por el monopolio de la distribución de juguetes. Y casi siempre gana el heredero de la tradición nórdica. ¡Papa Noel! Este sí que es un personaje socorrido para los narradores de hoy en día. Además de a luchar por su puesto de trabajo, al pobre viejecito tripón se le obliga a adoptar todo tipo de papeles incómodos: el de marido dominado por su mujer, el de terrorista suicida, el de pederasta…

Yo diría que los más aficionados a poner en aprietos al símbolo por excelencia de la alegría navideña son los autores sudamericanos. Es parte de ese rechazo generalizado que se observa en los relatos procedentes de esa parte del globo a los tópicos navideños por excelencia. Algo completamente lógico, por otra parte: El muñeco de nieve, el abeto engalanado, el calcetín colgado ante la chimenea encendida, etc, son motivos procedentes del folklore propio del frío norte de Europa y en el verano recién estrenado del cono sur resultan tan anacrónicos como un pulpo en un garaje, por mucho que los grandes almacenes se empeñen en lo contrario. De hecho, sus navidades se parecen más a lo que aquí sería la noche de San Juan: cenas al aire libre, en patios y terrazas, con los adolescentes largándose de marcha a las primeras de cambio y los niños esperando que suenen las doce para tirar petardos y cohetes.

Lo que sí es similar en los dos hemisferios es el carácter familiar de las fiestas. En todas partes, los parientes se reúnen para cenar, lo que da ocasión a todo tipo de disputas o situaciones chuscas. Esta costumbre es un auténtico cajón de sastre para el escritor, pues muchas veces se aprovecha la cena de nochebuena para ubicar una situación que, en puridad, no es típicamente navideña. Aunque en realidad, no se necesita ni siquiera esa excusa, pues hay autores que parece creer que basta con poner “era navidad” para que un relato suene a navideño, aunque trate de vampiros, de fantasmas o de bigamia.

De lo que parece imposible librarse es de la moralina. Todavía hay gente que trata de aprovechar la ocasión para mostrarte que mientras unos se divierten, otros mueren de hambre y de frío, como si que los demás estuvieran angustiados bastara para solucionarles la papeleta a esos infelices y la conciencia social consistiera en reprimir cualquier muestra de alegría o vitalidad.

Afortunadamente, lo que prima hoy día es la tendencia a contrarrestar esa dulzura empalagosa de estas fiestas. Lástima que para conseguirlo se suele caer en el extremo contrario: el tremendismo más desaforado. Parecería que es imposible llegar a satirizar la navidad sin caer en efectismos, pero por suerte, hay relatos que lo consiguen. Debo decir que algunos de los que he leído me han gustado mucho.

Lástima no poder compartirlos con vosotros, pero están sujetos a derechos de edición. Lo único que puedo deciros es que, esto de ser jurado en el concurso de relatos navideños de Portal del Escritor ha sido una experiencia muy interesante. Me ha servido para aprender muchas cosas de este variado tema. Ahora, puedo decir que soy una verdadera experta. Y vosotros, queridos niños, ya sabéis a quien podéis dirigiros en caso de duda sobre la materia.

Únicamente os pido una cosa:


¡¡¡NO ME PIDÁIS QUE ESCRIBA UN RELATO NAVIDEÑO!!!

¡Creo que están empezando a salirme por las orejas!

3 comentarios:

Palimp dijo...

Tiene que ser una experiencia curiosa. Por un lado acabarás hasta las narices del tema, pero por otro puedes hacer ese análisis comparativo que explicas en el post. Ya leeremos los mejores cuando salgan.

Fran dijo...

Pienso que la navidad es un tema muy amplio y posible para el debate, y que a través de los relatos navideños se puede decir mucho de ella. ¡Pero tranquila, que no te voy a pedir que escribas uno!

¿Sabes qué es lo que pienso yo acerca de la navidad? A mí no me disguta, pero creo que desde hace ya tiempo la han convertido en un precioso paquete, envuelto en un papel de regalo maravilloso, pero un regalo que no contiene nada a fin de cuentas. Y es que, en mi opinión, cada vez es mayor el número de gente que teme su llegada porque intuye el horrible descubrimiento y la posterior reflexión de ese vacío existencial...
¡Ay Dios! ¡¡Vaya rollo te he soltado en un momento!! Ja ja ja ja.

Y bueno, respondiendo al último comentario que me dejaste, yo también espero poder conocerte en persona en "La quedada de marzo" que, a pesar de que no pueda visitarte mucho, sabes que te aprecio un montón.
Un abrazo fuerte.

kasi_siempre dijo...

Eso es verdad. Ya nadie cree en las bondades de la navidad, salvo para arrimar el ascua a su sardina: El estudiante, las vacaciones: el tendero, vende más; el niño, los regalos; el goloso, los dulces; la adolescente, su primera salida nocturna en nochevieja; algunos padres, ver reunidos a sus hijos aunque se tiren los trastos a la cabeza; el paciente que está ingresado, suspira por que las próximas sean mejores... En fin, cada cual contaría una historia a su manera. Literariamente hablando, la navidad da mucho de si.
Pero no, no te pediremos que nos cuentes tu versión. Hazlo sólo si quieres, prometemos leerte, jajaja.
Un besote gordo, Gloria.